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Hace un tiempo, mi amigo Escapulario Perez, me envío este articulo sobre lo que, en el momento del envío era una preocupación en el país, el aumento desproporcionado de la población de abogados y la manera un tanto alegre con que las escuelas de derecho de las universidades graduaban en esta carrera. Para aquel entonces se hablaba de cerrarlas, no se tomo ninguna decisión , pero el se tomo un tiempo para escribir esto, aquí lo dejo pienso que dice cosas interesantes (AJR).
“En Madrid, todo el mundo es Abogado
hasta que no se le pruebe lo contrario”
Pío Baroja
Cae como anillo al dedo la expresión del escritor Español de principio del siglo pasado, para una nación de 48 mil y tantos Km2 con un porcentaje de analfabetismo importante, con una enorme cantidad de empresas de cable, con mas de 2 millones y medio de celulares, con ciento y tantos miles de usuarios de internet y muchas otras delicias de la tecnología moderna que conviven con la falta de agua, los apagones, las bancas de apuesta, la bachata, el Brugal que pelea o “pelea” y, en fin, todos esos íconos del subdesarrollo y el atraso, lo menos importante es que habemos 40 mil abogados, que divididos entre los 9 millones de seres que dicen llamarse dominicanos, tocamos a 0.055 abogado por cabeza. Lo que constituye una cifra enorme si calculamos que en una sociedad un porcentaje menor del 20% usa regularmente los servicios de un abogado, entonces no hay dudas: Somos muchos!!
El debate sobre la regulación de la profesión de abogado, es interesante toda vez que debemos entender que es necesario organizar una sociedad que se niega en muchos aspectos a ser organizada, pero la cifra –y lo que ella constituye—es alarmante. No es posible que las universidades nuestras “fabriquen” abogados en semestres de 13 semanas, no existe en el mundo un abogado-profesor que pueda desarrollar adecuadamente las tesis filosóficas que se enfrentan negando unas y otras afirmando las características científicas del derecho, en ese tiempo. Claro si se hace con rigurosidad. No es posible tampoco que una universidad haga un “abogado” –Uepa!—dándole una materia o dos por mes en un sistema de por si antipedagógico, por eso usted ve a merengueros, cantantes de bachata, radiodifusores, ingenieros, médicos, agrónomos, y un largo etcétera, estudiando derecho y probablemente no saben que es la teoría del delito.
Pero la proliferación de universidades con Escuela de Derecho que prefieren el folleto al libro, el dictado a la cátedra, la ficha al programa, la consulta a la investigación, ha creado un abogado moroso, retraído, acientífico, alérgico a la lectura, desconocedor de principios e incapaz, a veces, de sostener por cinco minutos una conversación coherente y se dicen ¡Abogados!
Por otro lado, cuando ese abogado sale al mercado laboral, por supuesto que tendrá que arreciar en una carrera por ganar dinero rápido porque sabe que cuando se enteren que es un verdadero bluff, pues nadie le pagará por sus servicios y están en los pasillos de los Palacios de Justicia, “con un cuchillo en la boca” . Son fianceros, abogados de clientes de un solo día, sin oficina, sin secretaria, no saben ni siquiera digitar en una PC aunque sea tipo “gotera” y a veces –porque la ignorancia es osada—pretenden polemizar con aquellos que han hecho del derecho profesión de fe. Son esos los que se convierten en íconos de la malidicencia que después empaña el buen nombre de todos los otros: Todos somos ladrones o estafadores.
Pero el punto más preocupante de todo este asunto es que la estafa al público comienza cuando le cobran a sus clientes por un servicio que no han podido prestar adecuadamente ya que nosotros vendemos servicios y lógicamente si no estamos en condiciones intelectuales de brindarlo adecuadamente, estaremos estafando a quienes le cobramos por algo que no sabemos brindar.
Y ante la polémica pública de estos días, y el panorama retratado aquí, dígame usted ¿No es prudente regular esta carrera?
El autor es Abogado y Periodista